Lorenzo Varela en el recuerdo
Hace
unos años Xulio Senra de la revista Raigame nos encargaba un trabajo
sobre Lorenzo Varela por ser dedicado el Día de las Letras Gallegas a
este valiente de la palabra y de las armas; gracias a él pudimos
compartir espacio en ese número junto a figuras como Xosé Neira Vilas,
Isaac Diaz Pardo, Xosé Luis Axeitos, Claudio Rodríguez Fer, entre muchas
otras figuras. Es increíble el sino trágico de este HOMBRE, así con
mayúsculas, de exiliado en todos lados, prototipo de todos los gallegos.
Lorenzo Varela fue olvidado porque virtudes como el coraje, el
compromiso, la lealtad a una idea, la fidelidad con uno mismo y su
cultura, la masculinidad ya no fueron valores en su época y menos en la
nuestra. Por eso, porque no queremos ser cómplices de ese olvido
aprovechamos que recibimos por correo esta noticia para publicarla.
Historia de dos orillas
Una mañana de 1978 supe por el El País que, tres días antes, el 25 de noviembre, había muerto en Madrid Lorenzo Varela. La nota informaba además que había regresado a España en 1976
Susaba Viau
06-12-2008
Una mañana de 1978 supe por el El País que, tres días
antes, el 25 de noviembre, había muerto en Madrid Lorenzo Varela. La
nota, muy breve, informaba además que había regresado a España en
1976. Después de 40 años de destierro, Lorenzo era un perfecto
desconocido para la mayoría de sus compatriotas, aunque, como
consignaba el periódico, él y Celso Emilio Ferrero fueran “las dos
figuras cumbres de la poesía gallega contemporánea”. Demasiados
elogios para apenas diez líneas. Lo habían cremado bajo la lluvia,
el 28, en el cementerio de La Almudena. Hace treinta años.
Los periodistas de mi generación conocimos a Lorenzo en los 60, en
redacciones y bares donde la literatura, la plástica, el cine y la
política monopolizaban las charlas. Era poeta, antifranquista,
cincuentón, reservado, se reía hacia adentro, fumaba con boquilla
–mucho– y bebía, aunque nadie lo vio borracho por aquellos sitios
donde el whisky corría a raudales. Se decía que había sido un cuadro
del bando republicano. El LP con canciones de García Lorca que me
regaló y había financiado con esfuerzo, de su propio bolsillo, y un
comentario deslizado al pasar ante un casete de las Brigadas
Internacionales (“Eso lo grabamos Rodolfo Halffter y yo”, me dijo)
hacían verosímil la historia que le adjudicaban. Después
sobrevinieron tiempos turbulentos. Nos dispersamos. Y me olvidé de
Lorenzo y sus enigmas. Hasta que, ya en Madrid, conocí a Santiago
Álvarez, dirigente del PCE, jefe de la guerrilla gallega, del
“maquis”. Cuando le nombré sin mucha convicción a “un poeta gallego
llamado Lorenzo Varela”, don Santiago se emocionó. “Era mi
subordinado, comisario político. Un hombre muy valiente.”
La vida de Varela penduló entre la emigración y el exilio. Sus
padres, de Monterroso, una aldea de Lugo, pasaron cuatro años en
Cuba, diez en el barrio de Pompeya y a fines de los 20 volvieron a
empacar. ¿La crisis? ¿El golpe de Uriburu? O a lo mejor los Varela
eran culos de mal asiento y no lograban establecerse en ninguna
parte, vaya uno a saber. Pero lo de Xesus Manuel Lorenzo Varela era
un sino: en Pompeya había sido “el gallego” y en Lugo “el
argentino”; nacido en 1916 a bordo de un barco fondeado en la bahía
de La Habana, iba a morir a los 62 en la habitación de un hotel.
El retorno a Galicia fue perturbador: la Segunda República, las
Juventudes Galleguistas, el POUM, Madrid, la universidad, las
Misiones Pedagógicas. En el 36, Lorenzo funda con Rafael y Eduardo
Dieste, José Bergamín, Rafael Alberti, Antonio Machado y Federico
García Lorca la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la
Defensa de la Cultura, se afilia al PCE y se alista en las milicias
populares. Muy pronto lo nombran comisario político y jefe de una
brigada de la 11ª División: tenía 23 años. El jefe, Enrique Líster,
comandante de la 11ª, estratega de la batallas del Ebro, Brunete,
Jarama, no había cumplido los 30. “La imagen que yo conservaba (...)
–le escribiría más tarde Eduardo Dieste– fue bruscamente suplantada
por otra de sargento de milicias (...) ¿Cómo –decía yo– aquel poeta
enmeigado, pálido como una manzana, de ojos deshojados, ahora con
voz de mandar, revólver mortífero y pecho arqueado? (...) Los bravos
de la FAI le obedecían como chiquillos...”. Pero las guerras no se
ganan sólo a fuerza de valentía. A la caída de Madrid, Lorenzo
retornó a Buenos Aires. Hubo un corto paréntesis montevideano: el
peronismo no veía con buenos ojos a la República; el silencio, una
virtud de la resistencia, también se hizo condición de su exilio. El
núcleo duro que formó con los poetas Arturo Cuadrado, Dieste y el
dibujante y pintor Luis Seoane, gallegos como él, sacó de la galera
libros y revistas culturales. A ellos se debe la publicación del
primer cuento de un joven narrador llamado Julio Cortázar. Lorenzo
se había casado con Marika Gerstein y empezaba a tener un lugar. Era
un sueño fugaz: en 1976 debió dejar la Argentina de Videla para
redescubrir España sin Franco. Nada iba a ser igual: el PC, su
partido, crujía bajo la losa de los Pactos de la Moncloa, los
republicanos se aferraban a la monarquía como a un clavo ardiente,
nadie quería vulnerar el frágil equilibrio de la transición. El
poeta-miliciano, autor de Torres de amor, Lonxe, Homenaje a Picasso,
no tenía casa, ni trabajo, ni futuro y ni siquiera tenía pasado. Uno
de sus amigos escribió al argentino Luis Baudizzone: “Murió –o se
dejó morir– el 25 por la mañana. Eran las 7. Empezó a sentirse mal a
las 3 pero le prohibió a Marika llamar a un médico. Cuando consintió
era demasiado tarde (...) Últimamente se atrincheraba detrás de un
sarcasmo casi cínico (...) Era un barco desarbolado a la deriva
(...) Se sentía ‘raté’” . Quienes lo acompañaron hasta el final
transmitirían con dolor su larga noche de agonía, sentado en el
sillón de la pieza de hotel. Seoane describe uno de esos mensajes
como “la carta que relata la muerte de un héroe, él lo fue, exiliado
en el mismo lugar de la batalla donde fue herido, conjugando a un
tiempo exilio y guerra. Lloramos en ella por Varela, por todos. Por
vosotros, por nosotros”. Los derrotados saben bien de qué hablaba
Seoane.
Fuente: criticadigital
