Camilo José Cela
La colmena
Fragmentos:
Don Roque se queda preocupado.
—A mí que no me digan; esto no es serio.
Doña Visi se siente un poco en la obligación de disculparse ante su amiga.
—¿No tiene usted frío, Montserrat? ¡Esta casa está algunos días heladora!
—No, por Dios, Visitación; aquí se está muy bien. Tienen ustedes una casa muy
grata, con mucho confort, como dicen los ingleses.
—Graciac, Montserrat. Usted siempre tan amable.
Doña Visi sonrió y empezó a buscar su nombre en la lista. Doña Montserrat, alta,
hombruna, huesuda, desgarbada, bigotuda, algo premiosa en el hablar y miope, se
caló los impertinentes.
Efectivamente, como aseguraba doña Visi, en la última página de "El querubín
misionero", aparecía su nombre y el de sus tres hijas.
"Doña Visitación Leclerc de Moisés, por bautizar dos chinitos con los nombres de
Ignacio y Francisco Javier, 10 pesetas. La señorita Julita Moisés Leclerc, por
bautizar un chinito con el nombre de Ventura, 5 pesetas. La señorita Visitación
Moisés Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de Manuel, 5 pesetas. La
señorita Esperanza Moisés Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de
Agustín, 5 pesetas."
—¿Eh? ¿Qué te parece?
Doña Montserrat asiente, obsequiosa.
—Pues que muy bien me parece a mí todo esto, pero que muy bien. ¡Hay que hacer
tanta labor! Asusta pensar los millones de infieles que hay todavía que
convertir. Los países de los infieles, deben estar llenos como hormigueros.
—¡Ya lo creo! ¡Con lo monos que son los chinitos chiquitines! Si nosotras no nos
privásemos de alguna cosilla, se iban todos al limbo de cabeza. A pesar de
nuestros pobres esfuerzos, el limbo tiene que estar abarrotado de chinos, ¿no
cree usted?
-¡Ya, ya!
—Da grima sólo pensarlo. ¡Mire usted que es maldición la que pesa sobre los
chinos! Todos paseando por allí, encerrados sin saber qué hacer...
—¡Es espantoso!
—¿Y los pequeñitos, mujer, los que no saben andar, que estarán siempre parados
como gusanines en el mismo sitio?
—Verdaderamente.
—Muchas gracias tenemos que dar a Dios por haber nacido españolas. Si hubiéramos
nacido en China, a lo mejor nuestros hijos se iban al limbo sin remisión. ¡Tener
hijos para eso! ¡Con lo que una sufre para tenerlos y con la guerra que dan de
chicos!
Doña Visi suspira con ternura.
—¡Pobres hijas, qué ajenas están al peligro que corrieron! Menos mal que
nacieron en España, ¡pero mire usted que si llegan a nacer en China! Igual les
pudo pasar, ¿verdad, usted?
Los vecinos de la difunta doña Margot están reunidos en casa de don Ibrahim.
Sólo faltan don Leoncio Maestre, que está preso por orden del juez; el vecino
del entresuelo D, don Antonio Jareño, empleado de "Wagons-Lits", que está de
viaje; el del 2° B, don Ignacio Galdácano, que el pobre está loco, y el hijo de
la finada, don Julián Suárez, que nadie sabe donde pueda estar. En el principal
A hay una academia donde no vive nadie. De los demás no falta ni uno solo; están
todos muy impresionados con lo ocurrido, y atendieron en el acto el
requerimiento de don Ibrahim para tener un cambio de impresiones.
En la casa de don Ibrahim, que no era grande, casi no cabían los convocados, y
la mayor parte se tuvo que quedar de pie, apoyados en la pared y en los muebles,
como en los velatorios.
....
Algún hombre ya metido en años
cuenta a gritos la broma que le gastó, va ya para el medio siglo, a Madame
Pimentón.
—La muy imbécil se creía que me la iba a dar. Sí, sí... ¡Estaba lista! La invité
a unos blancos y al salir se rompió la cara contra la puerta. ¡Ja, ja! Echaba
sangre como un becerro. Decía: "Oh, la, la; oh, la, la", y se marchó escupiendo
las tripas. ¡Pobre desgraciada, andaba siempre bebida! ¡Bien mirado, hasta daba
risa!
Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia. Son las
caras de las gentes que sonreían en paz, con beatitud, en esos instantes en que,
casi sin darse cuenta, llegan a no pensar en nada. La gente es cobista por
estupidez y, a veces, sonríen aunque en el fondo de su alma sientan una
repugnancia inmensa, una repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se
puede llegar hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen que
se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien.
—A todos estos mangantes hay que
tratarlos asi; las personas decentes no podemos dejar que se nos suban a las
barbas. ¡Ya lo decía mi padre! ¿Quieres uvas? Pues entra por uvas. ¡Ja, ja! ¡La
muy zorrupia no volvió a arrimar por allí!
Corre por entre las mesas un gato gordo, reluciente; un gato lleno de salud y de
bienestar; un gato orondo y presuntuoso. Se mete entre las piernas de una
señora, y la señora se sobresalta.
—¡Gato del diablo! ¡Largo de aquí!
El hombre de la historia le sonríe con dulzura.
—Pero, señora, ¡pobre gato! ¡Qué mal le hacía a usted?
