"Dietario íntimo"
Escrito por un peregrino francés a Compostela
Geofroi de Buletot, ano 1381
(texto completo)

Ostabat
27 de
marzo de 1.381
Acabo de entrar en esta hospedería de San Nicolás, en Ostabat. Pertenece al
rey de Navarra. Se cobran muchos peajes a los peregrinos; tanto por estos pagos
como en San Juan de Pie del Puerto, se nos ha cobrado de manera indignante.
Acuerda la ley que ninguno de los jacobistas que vamos a Compostela tengamos que
pagar portazgos. Solamente los mercaderes; pero lo que he visto hoy es
abochornante. A uno de mis compañeros le han registrado los calzones, porque
dijo que no tenía dinero con que pagarles. Por otra parte nos han soplado el
triple más de los que debieran. Todo el mundo clama por la injusticia de estos
impuestos, al entrar en este lugar del reino de Navarra. Algunos de mis
compañeros han sido dardeados y hasta insultados.
Ibañeta
28 de marzo de 1.381
No salgo de mi asombro y he de dejar constancia escrita en este diario de
"bitácora", digo de peregrinación: Los portazgueros son unos soeces, y nos
chupan todo lo que pueden, hasta injuriarnos. No se me había olvidado todavía lo
de Ostabat, cuando ahora he de relatar escenas verganzosas; en San Juan de Pie
de Puerto, en San Miguel y, en general, en los pasos difíciles del Cisa, nos
clavan los portazgueros hasta deslomarnos injustamente.
Ya no es poco la impresión de abatimiento y de miedo que da la presencia de
los montes Pirineos, como para que se añada la catástrofe de estos abusos, que
tanto dañan la oración peregrinante de nuestros pasos. No me han servido de nada
los salvoconductos extendidos por Pedro IV a mi nombre. En San Juan de Pie de
Puerto se nos ha presentado la leyenda de Carlomagno. Unos de los guías, después
de pagar la alcabala, comentaba sobre el velatorio que organizó Carlomagno en
fúnebre honor de sus Doce Pares muertos. Lo que más me gustó, entre lo que
contaba el buen cicerone de la montaña, fue lo de las teas que lucieron toda la
noche teniendo como candeleros los miles de lanzas de los soldados del gran
emperador de Aquisgrán. Me he fatigado enormemente al ascender por el rio
Valcarlos, buscando los lugares menos nevados y escarpizos. Yo he subido el
largo puerto de Cisa con más diminuta preocupación que antaño. Resulta que,
quizá por el habla de sus habitantes -son vascos-, esta gente impone fiero
horror. He podido comprobar, Velay, algunas amabilidades en Garoscaray y en
Gaorqueta, donde pedimos, como mendigos, como peregrinos; y obtuvimos panes y
nos calentamos al fuego para reponer fuerzas. Uno de mis compañeros dice haber
leído en el "Liber santi Jacobi" que los vascos acostumbran a desvalijar a los
peregrinos de Santiago y que cabalgaban sobre ellos, como si fueran asnos y los
mataban. Lo que si es cierto es aquello de Ricardo Corazón de León, exigiendo a
los señores de estas tierras poner todo su empeño en la defensa de los "romius".
Roncesvalles
29 de marzo de 1.381
Me he quedado hecho añicos por el acogimiento que a los peregrinos de todas
las naciones se nos hace en esta hospedería de Roncesvalles.
Había oído contar de ella, pero la realidad supera la imaginación. Aparte de
la ermita que rige el "Santero" de la campana, en el Monasterio te reciben con
alegría inusitada. Para estos monjes el peregrino es Cristo. Lo dice, y te
tratan como a tal. En un poema sobre Roncesvalles, titulado "Preciosa", ya se
lee:
"La puerta se abre a todos, enfermos y sanos;
no sólo a católicos, sino aún a paganos;
a judíos, herejes, ociosos, y vanos;
y más brevemente, a buenos profanos.
Me ha maravillado, la verdad. A las puertas del Monasterio se halla apostado
un monje, que ofrece pan y vino a los que pasan y no desean entrar, que son bien
pocos, cuando se encuentra con tanta facilidad. Fijáos bien. ¿A quién digo yo
"fijáos", si escribo para mí mismo? Al traspasar la puerta, mandaron quitarme
las botas gruesas, e inmediatamente me lavaron los pies con sal. Luego un monje,
haciendo de rasurador, me arregló la barba, que tenía descuidada desde el día en
que salí de París, y me quitó los "abuelos" que me crecían abundosos en el
cuello. Me cogieron los botos y se los llevaron al zapatero. He sido testigo de
las atenciones que se gastan con los enfermos.
Peregrinos hay que llevan hospedados hasta un mes. No los sueltan si no están
bien repuestos. Y con ellos puede permanecer, sin que les cueste un cuarto, sus
familiares o algún vecino que los acompañara. La comida que nos dan en el
refectorio es muy buena. Las mujeres no se han reunido a cenar con nosotros.
Ellas viven en otro edificio aparte. Durante la comida, nos leen un libro
piadoso sobre Santiago Apóstol. No sólo los lechos de los enfermos son buenos,
sino además los de los demás, cubiertos con sábanas, con jergón, mantas y
repostero. Puedo permanecer durante tres días sin que me cueste un ochavo.
Me dieron para comer: un pedazo de pan de seiscientas onzas, media pinta de
vino y, como es cuaresma, nos han colocado sobre el plato "abadejo, sardinas,
huevos y queso, con caldo y legumbres".
Nos han tratado a cuerpo de rey. Y eso que la cuaresma ha evitado pitanza de
caldo y carne. Si uno no alcanza la satisfacción de la llenumbre, puede repetir.
Está permitido. ¡Claro que hay picaresca! Como la de quienes llenan su calabaza
de vinillo riojano, pendiente del bordón de romero, en previsión de futuras
jornadas. La hospitalidad de este monasterio contrasta con la pobreza de los
circundante. Es un paraíso en medio de los lugares más fieramente apartados.
Pamplona
2 de abril de 1381
Escribo desde la gran Alberguería, junto a la catedral. Bajé por Viscarret
desde Roncesvalles. Me avisó que estábamos a punto de costear Pamplona al pasar
por Villaba. Del hospital me habló un vecino de París. Estoy contento, después
de las nueve leguas, por hallarme en esta hospedería.
Me dí unas vueltas por la calle, y me halle inmergido en el colorido de San
Fermín y el Burgo Nuevo -o San Nicolás-, donde residen franceses. Al mediodía de
ayer, cuando bajaba por Larrasoaña, me dieron pan abundante y gratuito, y llené
de vino la cabalaza. El día ha clareado mucho. Un gran chubasco me toca recibir
entre Idoy y Anchoriz. En la Alberguería de Pamplona encuentro a cincuenta
peregrinos bajo el mismo techado: cuarenta hombre y ocho mujeres. Alguno de
ellos era albano.
Por cierto que si no me falla la memoria, he topado con gentes de mucha
condición, dentro de este edificio: un copero, un cambrero, varios escuderos, un
caballero, dos médicos, un doncel, un escudero de mesa. Pregunté por sus
nacionalidades y, si no me queda alguna enel tintero, eran polacos, catalanes,
burgueses de Gante, napolitanos, alemanes, húngaros, loreneses, flamencos,
saboyanos, tolosanos, provenzales, sicilianos, boloñeses y hasta un etíope -cura
recién cantado misa- que viene de Roma, y lleva un salvoconducto del rey de
Navarra para que se le abran las puertas del reino. Se le faculta para pedir
limosna.
Algunos de los que circulaban por Pamplona son los que ya vuelven de Santiago;
emocionados, eso sí, llevan, en el zurroncillo, alguna comida para el ascenso a
Roncesvalles; y en la calabacilla su poco de vino. Son labradores que se cubren
las mucetas de peregrino, con conchas, compradas en el "paraíso" de Compostela.
Se hacen muy simpáticos cuando transitan con las plumas de gallo y de gallina
que han comprado a los buhoneros de Santo Domingo de la Calzada.
Estella
3 de abril de 1.381
Hoy he querido entrar en el hospital de San Lázaro, que se sitúa a la entrada
de Estella. He de recoger, en mi cuaderno de andar y ver, las impresiones de la
jornada de Pamplona hasta Estella.
Charlé largamente con algunos compañeros. Me entendí con guías que van
acompañando a nobles peregrinos. Nos pusimos a hablar sobre el tema de aquellos
que no hacen la peregrinación por verdadera devoción, sino por pasatiempo y por
galloferia. Mi interlocutor, que entiende el Camino francés, los tildaba de
vagabundos, inútiles, enemigos del trabajo, holgazanes y baldíos.
Yo no me podía figurar que hubiera seres que se visten a diario la media
sotanilla, se colocan la esclavina, se echan a modo de alforja un zurrón al
lado, se apoyan en su bordón, se juntan con una daifa, gayamente vestida de
romera y a vivir a cuenta de la peregrinación.
Por cierto, hasta llegar a Logroño hay que guardarse de los ríos malos y
venenosos, tales como el de Torres de Sansol y el de Cuevas. Ya llegaremos al
río Salado. Poco a poco hemos ido llegando a Puente la Reina, donde hay dos
hospitales y un puente mandado construir sobre el Arga por doña Mayor. En el
hospital del Crucifijo nos hubiéramos detenido, de no hacérsenos corta la
jornada, ya que podíamos haber pasado buena noche. Veo elevarse hasta mis labios
el buen vaso de leche con nata espumante que suelen entregar a los peregrinos.
De estos lugares no se suelta, como una niebla adherida, la leyenda de
Carlomagno, que según parece luchó contra Agiolando, de creer al "Códex
Calixtinus", es decir al "Falso Turpín" -¡el gran libro de viajes y de
propaganda, a escala europea!-. Puede verse junto al puente de seis arcos, el
pajarillo que tanto llama la atención de los naturales. Limpia, con sus alas
-bajando constantemente a cargarlas de agua-, a la Virgen que preside el puente,
y ante la que nos hemos parado un rato, pidiéndole ayuda en nuestra
peregrinación a Santiago.
La tarde se nos iba echando encima. Después del vaso de leche, en Puente
Larreina, nuestro paso por el río Salado despertó curiosidad. Se decía de él, en
los antiguos itinerarios del siglo XII, que estaba envenenado. Resulta solamente
que el agua está salada y no engaña a nadie, pues lo dice el topónimo fluvial.
Hay buen puente en la actualidad, pero hace doscientos años era bien distinto,
de creer al obispo de Puy, Aymerico Picaud; lugar muy pacífico y concurrido
ahora:
"cuando íbamos a Santiago, encontramos en su orilla a dos navarros, afilando sus
navajas, según costumbre para degollar las bestias de los peregrinos que beben
de aquella agua y mueren, los cuales a nuestras preguntas dijeron, mintiendo,
que era sana para beber; dimos de beber de ella a nuestros caballos y, al
instante, murieron dos, y en el mismo lugar los desollaron"
Me parece a mí que el autor de estas palabras tenía obsesión contra los
"navarros".
Al poco andábamos por Lorca y pronto ganábamos Villatuerta, y a un lado
Estella, lugar en el que escribo mis impresiones de hoy.
Lo que más favorablemente me ha golpeado es que, en todas las etapas del
Camino, se han creado hospitales para los "malatos" o leprosos, bajo la
advocación de San Lázaro. Estoy hablando con el hospitalero. Me enseña la carta
dirigida por el alcalde en 1302, dentro de este mismo siglo, erigiendo el
lazareto para leprosos y leprosas,
"en el camino francés por donde pasan muchos peregrinos y muchos bonos
christianos que van a synnor Santiago, de los cuales allí acaecen y a los que no
traen espensa proveenlos del comer y del beber"
Cuidan con gran caridad cristiana a los leprosos. Se entiende por leprosos a
los que habrán de ser llamados enfermos de pelagra, de escorbuto, de la
acrodinia, del lúes, del herpetismo y otras dermatosis.
A algunos de tales hombres y mujeres, con las caras tapadas, los he visto
circular por el camino romero, con miedo y dignidad; no quieren hablar con
nosotros, porque piensas que nos pueden infectar. Acuden a Compostela, en espera
de curación por medio del Señor Santiago.
Nájera
4 de abril de 1.381
Hoy mi recorrido ha sido largo, pero realizado cómodamente, merced a la
caballería que alquilé en Estella. ¡Mis buenos cuartos me costó alquilársela a
un nativo! Desde ella contemplé "Estella, la bella" saliendo para el Monasterio
de Irache; antes de recorrer el camino, di vuelta por la ciudad y carlé con la
gente. Es un pueblo nuevo, muy comercial, donde el peregrino es bien recibido,
sobre todo si es francés como yo. Me dieron pan, vino, carne. La ciudad está
situada junto a una roca. El río provoca fresco ambiente.
Y es delicioso vivir aquí. He visitado el hospital de San Nicolás, donde se
hospedó, yendo hacia Compostela, el obispo de Padrás, en Acaia. Y donde murió
también. Nadie habría conocido que era él, de no haber sido por las luces que
vio un sacristán.
Verdad que la probé, porque estos tragos son parte de la vida del peregrino.
Por aquí las leyendas cluniacenses, como vasta operación turística, se han
apiñado para decir cosas entre Roldán y Ferragut. Y nada legendario es que fue
preso el abad de Sahagún de tal manera que "no nos fue permitido que paciésemos
en otra parte sino ante el lecho, en el cual el señor de la casa con su propia
mujer yacía"; no hemos de ocultar que hace setenta y tres años "Drocón de
Meldis, preboste de Estella", anduvo persiguiendo a Johan de Londres, que había
robado a peregrinos, mientras dormían en el Hospicio de Domingo, llamado "el
Gallego".
Los hurtos en las posadas no eran infrecuentes. A veces los propios posaderos
las provocaban, otras eran cometidas por profesionales, forzando las puertas,
pero nadie sabía a ciencia cierta, si con el consentimiento de algunos
albergueros. En Estella, cuando el peregrino nota que le falta algo, si acusa a
los hospederos, han de defenderse éstos "por juicio de batalla".
De los sucedidos de ladrones, en las posadas, se cuentan mil historias.
Determinadas mujeres de la vida airada entran a dormir con los romeros
-struprandi causa- para desvalijarlos de la escarcela. De lo bien abastecida que
para los peregrinos resulta Estella es buena indicación la que resulta de la
visita del gobernador de Navarra que se hospedó en el "hotel dou Rey
Chandolille", con 120 peones y varios caballeros. El hartazgo que se pegaron es
de los que marcan época, fuera de parsimonia gastronómica: diez espaldas de
carnero, 4 gallinas, 13 perdices, 8 carneros, 28 sueldos de tocino, 3 gansos, 16
pollas, 1 puerco, 3 gansos, de azúcar, 2 de gengibre y 2 de arroz y garbanzo.
: No es la comida del peregrino vulgar y moliente la que ahora confiaba al
papel en estas menudencias; es que, con el cansancio, se me hace la boca agua,
de tanto goliardesco dengue. Al fin, salimos por Rocamador, iglesia muy
favorecida por Sancho el Fuerte, a la que otorgó las rentas de la carnicería
vieja de Estella.
Desde la salida de Irache ha soplado un viento fuerte que facilita el camino a
mi cabalgadura. Irache, con su monasterio y su castillo altivo de Monjardín, me
coloca en trance de contarme otras cosas; pero ya que queda muy poco tiempo
hasta que se cumpla la hora de la cena. No debo olvidar la situación de Viana
-reunión de ocho aldeas- último pueblo de Navarra, como oteando a Logroño,
primera población de España, perteneciente al rey de Castilla. Es necesario
cuidarse mucho de los que tratan de hacerte mal cambio de monedas, ya que aquí
pululan los cambistas judíos, usureros, y se dejan los cornados, y comienzan a
ser valederos los maravedises. Hemos pasado por aquel puente del Ebro, que se
parece a los grandes ríos de Francia.
Burgos
6 de abril de 1.381
La jornada de hoy ha sido sin duda la más larga en cuanto aleguas: Nájera -
Burgos. Por eso he llegado tan tarde y me pongo a escribir a la mañana
siguiente, antes de salir a dar una vuelta por la Cabeza de Castilla. Me ha
mareado la jornada de ayer. Atravesé ríos y montañas, recorrí lugares que ponen
devoción, como son: Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega. He comido
setas en los Montes de Oca, después que fui desvalijado por unos bandoleros o
ladrones ingleses. Ordenemos, pues, el relato, para que salga cada cosa a su
tiempo. La alberguería de Nájera depende de la Iglesia de Santa María; a la
salida dirigí mis pasos por el hospital de la abadía, y me desvié hacia la
iglesia de San Francisco. Había contratado antes, con un mozo de espuelas, la
caballería que había de dejar en un corral de Burgos.
De la alberguería de los pobres de Nájera se dirá -a pesar de los robos a que
fue sometida por varias veces-, lo mismo que del monasterio cluniancense del que
dependía:
"Allí dan de grado por amor de Dios en los hospitales y tienes todo lo que
quieres. Excepto en el hospital de Santiago, toda la gente es muy burlona. Las
mujeres del hospital arman mucho ruido a los peregrinos, pero las raciones son
muy buenas."
Me han hablado algunos peregrinos de lo compensador que resulta subir hasta
San Millán de la Cogolla y, de paso, retornar al camino por el pueblo de Berceo,
donde hasta hace poco, vivía un clérigo, buen rimador de temas referidos a los
que al Apóstol de España van en romería. Desaparece el recuerdo de Carlomagno,
para dar consistencia a la figura de de Fernán González, tanto en Curueña como
en Valpuerta. Al llegar a Santo Domingo de la Calzada se toca el río Oja. Nada
más construir el puente, se elevó una hospedería. Nose respira otro aroma que la
presencia de aquel santo constructor de puentes junto con el de su discípulo
Juan de Ortega.
En Santo Domingo me hablaron del caballero francés, poseso del "diablo", que
camino de Compostela se libera de él en un rincón de la Calzada; además llegaron
a mis oídos los dichos sobre Bernardo, el infeccioso purulento que se cura de la
lepra, o peregrino normando que queda bien del ojo doliente. Nadie que pase por
aquí dejará de visitar en la catedral el gallo y la gallina blancos,
descendientes de aquellos otros que estaba comiendo el juez de Santo Domingo, en
el momento en que el padre del muchacho normando -ajusticiado por la acusación
de robar una copa de plata en el hostal de este pueblo- fue mantenido con vida
por Santiago, no obstante hallarse en la horca, encaramado en la picota del
pueblo. A la vuelta del viaje de Compostela, sus padres lo encuentran con vida;
entran impetuosos en casa del juez, cuando engullía un buen plato combinado de
ballo y gallina -¡Que vivan y cacareen y kikiriqeen esta aves del corral, si lo
que me decís es cierto!- y, zás, se emplumaron de nuevo el pollo y la gallina
asados. En recuerdo de tal milagro jacobeo, se conserva un par de gallináceas
dentro de la catedral. Yo también, como otros, tomé varias plumas para
colocármelas en mi sombrero de fieltro de ala ancha, que me protege contra el
sol y la lluvia. Cada siete años -si no se mueren antes-cambian los animalitos
por otros. A lo que ya no me presté fue a alargarles, por ver si picaban, unas
migas de pan, colocadas en la punta del bordón, como es usual entre los más
supersticiosos. Dicen los crédulos que eso da suerte para llegar a Compostela.
Grañón, Villarta, Redecilla del Camino, Belorado, Villafranca, nos conducen
ariscamente a los Montes de Oca. Antes de llegar a San Juan de Ortega fuimos
sorprendidos por profesionales del hurto, ingleses que nos robaron. Lo único que
nos dejaron de valor fue el caballo. Despojado de la escudilla, se me
escurrieron todos los lises y florines. Tendré que ir mendigando hasta
Compostela. No pocos lo han ensayado con éxito antes que yo.
No sé si será Thomas de Londres el que nos desvalijó. Lo indudable es que se
me vinieron al magín las historias recientemente sucedidas, referentes al inglés
Odín de Merry, que se hacía amigo de los romeros y acudía con ellos a las
posadas para salir de tapadillo a medianoche con el victorioso productos del
robo. Lo mismo que a Londres, le tocará ser llevado a la horca este otro inglés
que
"de noches que dormía en su lecho, seis florines de oro que le descosió de la
manga de la saya e assí lo manifestó"
Y eso se lo hizo a un romero jacobita. En la Baja Navarra fue hecha justicia
"de dos ladrones que robaron ros rumeos alemanes en el hospital de Izuat, de los
quoales el uno fue enforzado, el otro azotado y desorellado"
Tuvimos suerte porque no nos dieron brevajes, como a otros, para dormirnos y
reducirnos a inactividad. Eso suelen hacer después de sacarte la conversación de
la sed. Te ofrecen un potingue y caes sin sentido.
Era también inglés, y por estas tierras fue ahorcado, aquel que "daba yerbas a
los romeos a beber en los caminos e se adormecían y así los robaba" . El que nos
desvalijó, lo hizo a base de enseñarnos amenazadoramente un cuchillo. Era
aquello de la bolsa o la vida. Le di la bolsa, perfiriendo limosnera a lo largo
del camino de Astorga. de esta manera decidimos ir por San Juan de Ortega,
doléndonos un poco no haber aceptado las camas y la buena pitanza que nos
ofrecían, en Villafranca de Montes de Oca. La culpa la tuvo el caballo. Por ir
en él, bien enjaezado, debieron creer que era rico. Subiendo por estos montes de
Oca feneció el hijo pequeño de un matrimonio peregrino. Las lágrimas de su madre
se derramaron en tal medida que provocaron la resurección del muchacho, según
cuentan las leyendas aúreas de Santiago, que son como "guías" de turismo de este
viaje colosal. En San Félix de Oca se me ha atravesado un arco de herradura
mozárabe. Entre robledales nos acercamos a Urtica, lugar muy frecuentado por los
maleantes. Justamente, san Juan de Ortega funda un monasterio y una alberguería
para defender a los romeros contra los ladrones que, por día y noche, robaban y
mataban a cientos de peregrinos. Hoy está más pacífico. Hasta San Juan de Ortega
acuden los estériles. Te hablan del borriquillo sobre el que iba montado un
tullido que se cura. Y de las manzanas que pidió un niño irlandés.
La piedad romera encuentra motivos de devoción antes de acercarse a Burgos,
por Ages, Atapuerca, Rubena y Gamonal. Por último, muchos de estos puentes
comarcanos se deben a la pericia ingenieril de san Juan de Ortega, natural del
pueblo de su nombre.
Sahagún de
Campos
7 de abril de 1.381
Hemos cambiado de paisaje. Entramos en tierra de Campos; casi a partir de
Burgos y, sobre todo, después de Carrión de los Condes. Por aquí florecen los
trigos. El pan se da en abundancia, pero las casas y hospedajes se diluyen en
una frontera muy rala. Las viviendas se construyen con adobe y hasta poseen el
demacrado color ocre que las vuelven parduzcas. En Burgos, he podido pasarlo
bien, porque compite el Hospital del Emperador con el de Roncesvalles. De todas
formas hay constantes líos con los posaderos y albergueros. Los Fueros de
Castilla han tenido que dirimir no pocas cuestiones; en este hospital, donde me
tratan tan bien, vivió un raro hostalero; oigamos la expresiva prosa ocasional:
"asaetearon al mayor del Hospital, que en el hospedaje envenenó a cien
peregrinos". No creí nunca que pudiera estar la peregrinación compostelana tan
infectada de peligros. En Burgos suelen repetir un refrán:"el dardillo de
Burgos, quitadle y séase vuestro". Resulta que entró un peregrino a casa de un
tabernero. Le pidió vino para un compañero, que no podía descabalgar. Pagó, con
promesas de devolver al instante la copa de plata. Y .... de aquel peregrino
nunca más se conoció el paradero. Y es que también existen peregrinos de poca
devoción que aplican sus malas mañas a todo lo que les lucra, aún estafando. En
el Hospital del Rey se santificó un hombre, san Lesmes. De hospitales y
alberguerías podemos hablar en abundancia, ya que he podido contar no menos de
25.
El caso es que se hallan supersaturadas de peregrinos, casi a presión. Por
aquí algunos brujulean, durante varios días. En el hospital donde resido, nos
dieron tres veces de comer, por jornada, pero cada ración fue inferior a la
anterior. En las tres primeras muy abundante. Quiero reseñarle: la sopa, carne,
una libra de pan blanco y un cuartillo de vino. Me lavaron los pies, pero no se
topó el fraile que manejaba el lebrillo con aquello que le sucedió a san Amaro,
al encontrarse un día con que le ofrecía el pie para las abluciones rituales el
mismísimo demonio. Por las calles circulan muchos leprosos. Los he tropezado,
especialmente en el momento de visitar al Santo Cristo de San Agustín. Lo pude
sorprender, en su misterio, después que tres sucesivas cortinas se fueron
descorriendo anhelosamente. Es un Cristo de mucha sangre, terrible, al que le
crece la barba; le afeitan cada semana y le cortan las uñas. Dicen que como al
de Orense hay que asearle cada semana. Algo menos será, ¡vamos!, digo yo. Según
me cuentan, lo trajo de un puerto del Norte un mercader de Flandes, que lo halló
errante por el mar. Burgos se arremolina de mercaderes flamencos y de otros
venidos de puertos hanseáticos. He visto frailes gordos e ignorantes, con facha
de estar bien comidos. Deben guardar en la bodega cerveza de Munich o su
equivalente. No me lo explico de otra forma.
Salí más tarde de esta metrópoli, en dirección a Sahagún, donde ahora escribo,
en la hospedería del gran monasterio de Clunyp. Por San Boal tuve que hacer
frente a una nube de langostas, que adelantaban al oscurecer, ocultando el sol.
Por Hontanos hallé un peregrino moribundo al que merodeaban los lobos. Esperamos
a otro romero, que venía con cabalgadura, para rogarle que lo trasladase hasta
Castrojeríz, donde hay buenos hospitales. De todas maneras, me supieron a algo
"ibéricamente exquisitas" las sopas de ajo que me proporcionaron, en Hontanos,
los alemanes que vendían imágenes. Habréis observado que el camino sirve para
todo. Y unos enriquecen el espíritu, otros nutren con sus mercaderías las
escarcelas. Junto al río Garbanzuelo me contaron la historia del hijo de Gascón,
atacado por la gangrena del "ignis sacro", quien construyó un convento que da el
nombre al pueblo, en atención al milagro operado en su hijo. Ni se me reconocía
entre la polvareda que levantábamos poco antes de acercarnos a Castrojeriz.
Aunque parezca extraño, una gran parte de las "Cantigas" de Afonso el Sabio se
han escrito en alabanza de "dos Vírgenes" que se venerani por estos pueblos de
la peregrinación jacobea. Una es la Virgen del Manzano, en Castrojeriz; y otra
la Virgen de Villasirga, pasado ya Fitero. Es decir que las "Cantigas" mismas se
refieren a sucesos de romeros, que reciben favores, por la intercesión de Santa
María, aun antes de llegar a Compostela. En Castrojeriz he contado 7 hospitales
y 4 templos. No me ha sido difícil pedir una "caridad". Antes de llegar a
Frómista quedo embobado y hechizado en la contemplación de la iglesia románica
construída por doña Mayor. Más adelante ya en Villasirga, descubro el hospital
del Conde Osorno. Empieza uno a maravillarse, con sólo entrar en el atrio, de la
Virgen de Villasirga. Alfonso X el Sabio se encarama en versos cortos para
contarnos la tragedia del mercader alemán, que se queda tullido:
El, en esto estando,
viu que gran romaría
de gente de sa terra
a Santiago va.
Hasta los marineros se sirven de su advocación para solicitar bonanza. En una
palabra, he aprendido este cantarcillo:
"Romeos que de Santiago
yan foronlle contando
os miragres que a Virgen
faz en Vila-Sirga".
León
8 de abril de 1.381
Las leyendas de nuestro Carlomagno se disuelven por León. Y si creemos al
poema "La Prise de Pampeloune", aunque sufriera revés en Sahagún de Campos,
logró una victoria en Astorga. El hospedaje de los cluniacenses en Sahagún
resulta ser de lo mejor. Disponen hasta de setenta camas. En la villa, rodeada
de gruesos tapiales, se aclimatan y viven, a su sabor, francos, judíos y hasta
morisma. Dos monjes se dedican a la recepción de los peregrinos en la hospedería
cluniacense, más fuerte y rica que los mismos reyes; procuraron hacernos grata
la estancia. Hemos pasado dos puentes, uno sobre el Valderaduey y otro sobre el
Cea. Me han dado algún dinero para poder comprarme vino, en alguna de las
tabernas de los pueblos que se diseminan hasta llegar a León. En Calzada del
Coto procuré cambiar el camino. Contaba con verdaderos deseos de llegar a
Mansilla de las Mulas, por Calzada de los Hermanillos. Es decir por la antigua
Vía Trajana, que aún se conserva en buen estado. Lo más terrible de esta etapa
reside en la sequedad, y en lo poco poblado que está el campo.
Si en Villarente hallamos una hospedería, al lado del puente de muchos ojos y
ciertas corcovas, en Mansilla; -¡Esla a la vista!-. Una csa de peregrinos, y
siete iglesias, propicias para el hebdomario piadoso del jubileo.
Luego, monte arriba, el Portillo, con su gran crucero, desde donde se
desarrolla una gran visión de conjunto; un León, al oscurecer, lleno de
felicidades, de creer lo que aseguran las páginas más optimistas del
"Calixtinus". Hasta, en Puente Castro, sobre el río Torio me salieron algunos
judíos de la aljama, ofreciéndome buen cambio. ¡Pobre de mi!
Por cierto que estas soledades me han hecho repasar mentalmente algunos temas
del sermón famoso: "Dies veneranda", contra los malos posaderos jacopetas. Me
doy cuenta que hay muchos peligros; ahora no tantos como lo que suponían otras
arterias y estratagemas. Durante marcha y bajo la soledad azul de la "Vía
Láctea", me han contado algunas escenas; ciertas, me han sucedido am´; todavía
desespero que nos quedará mucho por palpar y sufrir, hasta tanto recalemos en
Compostela.
La picaresca, concretada en hacer desaparecer la escudilla del dinero de la
correa o de las salas de dormición de los peregrinos, es infinita.
Especialmente, en Compostela, lo de los posaderos es horrendo: ¡salen antes de
que merodees la ciudad, bastantes leguas antes, te besan y rebesan, para luego
robarte! Te ofrecen un trago de vino excelente, pero cuando estás en su casa,
bien atrapado, te sirven vinagre o baja sidra. Si pides carne, apesta, porque es
de tres días. Utilizan pesas y medidas falsas, que por aquí llaman: marsicias.
Las aplican sólo a los peregrinos, no a los nativos. Te fallan no solo en la
medida del vino, sino en la de la avena, al servírtela para las caballerías.
Hasta te bajan a la bodega con ellos, te sacan la primera jarra de vino de un
tonel, y cuando te descuidas, con la obscuridad y la euforia, el resto del vino
apetecido te lo vienen a "escurrir" de otro toneles inferiores.
Antes de avistar la ciudad, te cobran primas por la reserva de la cama; aun
con reserva y fianza, si hay quien apoquine más, te dejan en la calle; y no está
muy claro que te devuelvan el dinerito. Hasta es posible que te echen de casa,
si no les pagas lo mismo que los nuevos, y a veces fingidos ofertores. Mucho se
ha hablado de bebedizos, aplicados a los romeros para adormecernos y así
robarnos con más facilidad, pero no es justo olvidarse de los que emborrachan
con el mismo fin. Me lo cuentan, y casi ni se cree que el negocio esté tan
alambicado en Compostela; como que para que no bebas agua la hacen desaparecer
por la noche. Cuando te levantas; a falta de agua, vino al coleto, pero ....
dinero también. En Compostela no está arreglado el suministro de agua potable.
Para cumplir el Voto hay que llevar cera al apóstol; los posaderos te la meten
por los ojos. Te la ofrecen en casa, más barata que la de los mercachifles, pero
resulta que es de poca calidad. Hasta te aconsejan el altar donde has de
dejarla, ya que llevan comisión, en armonía con los sacristanes capilleros. Las
comidas primeras te las ofrecen hasta gratis, si les compras cirios. Es un
negocio redondo, porque a las velas les echan grasa de cabra o hasta las
envuelven con habas.
Los cambistas no son mejor "ganado". Te entregan la moneda que quieren, por
tus dineros, y al cambio que les viene en gana. Con el mismo mesonero, te
ajustas a un precio el hospedaje, e inmediatamente sube. ¡Habrá que comprar
alimentos en los mercados públicos mucho más baratos! He de decirte que no
siempre los precios son estables. La estafa funciona de maravilla, a la orden
del día. De todo este titirimundi hablan los que vuelven de allá. Sucede lo que
sucede, a pesar de las leyes. Puertomarín, Barbadelos y Triacastela, ya cerca de
Compostela, son los puntos donde más peligra el peregrino.
Me hospedo en el hospital de San Marcos de León. El de San Antonio sólo recoge
a los peregrinos cuando vuelven de Compostela. Me fuí a venerar el sepulcro de
san Isidoro, allá junto a las murallas. Es una iglesia hermosísima que quiere
centrar la peregrinación. Me he recontado hasta 18 hospitales. Si deseáis vivir
la peregrinación intensamente, leed un libro que me recomendaron, escrito por
Lucas de Tuy. Se llama de "Los Milagros de San Isidoro". El "Códice Calixtino de
León", como si dijéramos un libro muy risueño y estimulante.
Aquí hay más contingente de peregrinos que en puntos anteriores, especialmente
españoles. Recoge a los de Valladolid. Desde aquí suben a San Salvador de Oviedo
cuantos desean practicar esta segunda peregrinación.
Foncebadón
9 de abril de 1.381
He llegado hasta esta hospedería, desde la que se divisa toda Castilla. Es el
puerto seco más alto de cuantos corona la peregrinación. Nada menos que 5.000
pies de altura, que no los alcanzan los Pirineos por Roncesvalles. Desde León me
han ocurrido incidencias. En el pueblo de San Martín del Camino, me ofrecieron
pan y manteca comestible. Por estas latitudes es manjar muy exquisito. En
Hospital atravesé el río Orbigo, por un puente con sus treinta ojos, algunos
descascarillados. Pasé del Páramo a la Ribera, para avistar, al poco tiempo,
Astorga, desde una planicie llamada el "Alto de San Justo". Entré por la calzada
romana y por Puerta Sol, junto a la que se acurrucan no menos de cinco
hospitales. Han prosperado bastante los hospedajes de los gremios. Y casi cada
uno ha constituido su hospitalillo y amplía su caridad gremial a los romeros.
Muchos astorganos han visitado Jerusalén, hasta el punto de organizar la
cofradía de los palmeros. Hay tradición local, desde Santo Toribio y la Monja
Eteria. Por haber, hay devoción hasta a Santo Tomás de Cantorbery, el
modernisimo santo inglés, y tal cosa se debe a que uno de sus familiares es
canónigo de Astorga; también se venera a la Virgen francesa de Rocamador.
En un nicho me dijeron que emparedaban a las penitentes, quienes suplican
ululantes perdón y oraciones de los caminantes compostelanos que pasan, a la
verita misma de la Catedral románica. Existe un nosocomio u hospital para
ingleses. Por cierto que de camino hacia Astorga me he tropezado con piezas de
museo, como algunos peregrinos que vienen de lejos, haciendo la romería por
cunplir una sentencia civil. Otros discurrían desnudos, con un hierro, agazapado
a los pies; los de más allá atados con sogas y cordeles, como recua, avanzas en
bandadas. Mujeres hay con vestidos sumamente blancos, equivalentes, en femenino,
a la pena masculina de desnudez peregrinante con "fierro". Me cuentan que hubo
dos santos que hicieron todo el trayecto de la peregrinación de rodillas. Si he
sufrido yo tanto, de ir a pie, ¿qué calamidades no habrán pasado ellos? En
general, puedo comentarte lo bien que se portan los médicos de los hospitales,
así como los boticarios y especieros, que atienden al alambique.
En nuestras conversaciones de camino, sacamos a colación los nuevos remedios
contra enfermedades, ya popularizadas en otras tierras, así como el de las
piedras que preservan contra determinadas enfermedades. En los hospitales más
amplios y mejor dotados, he hallado quien entiende mi idioma; hay adscrito, al
menos en francés, un intérprete o linguajero. Los médicos se detienen a mirar
"las aguas" de los peregrinos. En Astorga observé, y me gustó, el castillo
corpulento del señor marqués, ante el palenque del Juego de Cañas. Parece
mentira que siendo Astorga como es, más diminuta que otros puntos de
peregrinación, haya dado un estironazo hasta construir veintidós hospitales.
Cuando pasé por el de San Juan había un peregrino muerto, a quien amortajado
velaban las beatas del Convento de "Sancti Spíritus". En la iglesia de San
Francisco se susurra que se hospedó en él, el Santo Umbro. Hay juderías, rúa de
los Francos, Caleya yerma, y una salida, por Rectivia, hacia la Maragatería y
Compostela. De Valdeviejas pasé al Ganso.
En Rabanal del Camino, los Templarios protegieron la larga vía, porque ya sólo
nos quedan ocho kilómetros fatigosos hasta ascender al Monte Irago o de
Foncebadón. El sol, que apretaba en el Páramo y Campos, se vuelve cierzo
tormentoso a tales alturas. Me he cansado; el viento casi ladra, pero los
peregrinos, acogidos en este humilde hospital, en lo alto del Puerto, no lo
pasamos mal del todo. Nos hemos calentado. Y estamos dispuestos a rebasar el
Puerto. ¡Como sea! ¡Qué buen tipo, por dispuesto
"el Cirujano maestre Alfonso e su magyer Sancho Alfonso, cofrades del Señor
Feliz e pagaron e quedo curar los feridos que venyeren al dicho hospital de
Cerugia"!
A mí me curó una herida.
Cebreiro
10 de abril de 1.381
Mi fatiga se adelanta hasta el desfallecimiento. Me he trasladado de cuenca
del río Duero a la del Miño, de Foncebadón hasta Piedrafita. Del Duero al Miño.
Y en medio, el vergel: Bierzo. Toda una comarca que comienza a oler a Galicia,
donde se revuelven valles, prados, escarpaduras, castillos de templarios,
numerosos monasterios -algo apartados de la ruta-, ciudades o villas como
Cacabelos, que pertenecen al propio arzobispo de Santiago de Compostela. Dormí
como un lirón, en la hospedería de Foncebadón, antes de bajar para el Bierzo.
Por la mañana las nubes se situaban muy bajas y algo me costó hacerme a la
nieve, que caía, y me siguió hasta Riego de Ambrox. Realmente he llegado
magullado y llagado. He sido muy osado al querer hacer etapas tan largas.
Me llamó la atención la empalizada de cruces, que se sitúa a lo largo de
Foncebadón. ¿He soñado que son las señales acotadas que puso un ermitaño, al
reformar la hospedería? En la subida a Manjarín, hallo la cruz de Ferro, un
inmenso montón de piedras, del que nace el largo hastial de madera con la cruz
de hierro de más de un metro. Como otros romeros he cogido una piedra del
camino, una piedra de canchales, y la he tirado contra el montículo lapidario.
Por cierto que uno de los romeros que me acompañan ha dicho: -Oye, Geofrol,
¿sabes qué otra significación tiene la sebe de estacas que se alinea a ambos
lados del camino?- Será -contesté yo, sin temor-, la empalizada de cruces de
Gaucelmo-. Pues no, resultan ser las quinientas estacas, que los pobres vecinos
del Acebo se han comprometido a colocar, para que no se pierdan los peregrinos.
A cambio de este servicio reciben de los reyes, según escritos, algunas
exenciones. El Acebo apenas si enseña la miseria pajiza de sus diez casas, igual
que las aldehuelas de Manjarín o Labor de Rey.
En Riego de Ambrox nos hemos tropezado, con el sol y con unos canónigos de
Astorga, que vinieron a recoger diezmos y primicias para entrojarlos. Conservan
el vino en Barrios de Salas, Molinaseca ya es una villita, con tres iglesias. No
he podido borrar de mi devoción el Santiago románico del Acebo. Es una delicia.
Sobrecoge desde lejos la imponente mole del Castillo de los Templarios de
Ponferrada. A pesar de que las asperidades del monte que he atravesado son
mayores que las de Oca, he sentido mayor sensación de seguridad. Debe hallarse
la clave, en la vigilancia de las órdenes de caballería. Por cierto que en
Ponferrada Osmundo, Obispo, ha construido un puente muy bonito, de hierro, que
hasta da nombre a la villa. Los hierros llegaron de las ferrerías de los monjes
bercianos. Así como me fue gratuito el paso sobre el Sil, hube de pagar dineros
en Pomboeza, por el paso de la Barca. Recé a la Virgen de la Encina. Atravesé la
llanura berciana. Me maravilló encontrarme con el hábito de varios monjes, que
bajaron de San Pedro, de Peñalba, de Vega de Espinarada.
Y a prisa, al trotecillo, en una mula -pues estaba cansado-, me presenté en
Cacabelos, una vez oreado mi oido con el nombre de Compostilla. Ganas me dieron
de someterme a una desviación para visitar el Real Monasterio de Carracedo, ocho
leguas de Cacabelos. ¡Me hubieran dado una buena ración los benedictinos! Me doy
cuenta de la feracidad de esta tierra berciana de vino. Creo que Gelmirez comía
cerezas y bebía vino de Cacabelos. Se toma éste, sin darse cuenta y marea,
especialmente si para ingerirlo nos introducimos en las bodegas. En el hospital
de Alfonso el Cabrito, abandoné a uno de mis compañeros, entre los aspeados. Por
cierto: luego me arrepentí; una vez pasado el Cúa, llegamos a Villafranca del
Bierzo, por el camino de la iglesia románica de Santiago. Es fama que los que no
se sienten con fuerzas para alcanzar Compostela, entran por una puerta de esta
ermita y salen por otra, llamada precisamente Puerta del Perdón. Así lo debió
hacer Johan de Montatayre.
El buen hospedaje de los monjes de Cluniaco no me retuvo, aunque tenía ganas
de permanecer. Dejé en manos de los monjes al buen Johan, hasta mi vuelta.
Trasegué buen vino en una bodega. No en vano Herman Küning dirá que
"se debe beber vino de Villafranca con discreto miramiento, pues saca a algunos
de sentidos, dejándose correr como un cirio"
Nos recibían bien las gentes de la villa, ya que sucedió, hace poco, un hecho
"milagroso". Alguno de los villafranquinos robó el tabardo de un peregrino.
Desapareció de las manos del depredador y apareció, sobre los hombros del
Apóstol, en Compostela. Es razón del especial miramiento para los que caminamos
con tabardo, con la esportilla y los dos bordoncillos colgados en el sombrero.
De lo que nadie nos libró fue de pagar el portazgo, correspondiente a la
confluencia de los ríos Burbia y Valcárcel. Por el estrecho paso de las orillas
del Valcárcel abrupto, desasosegado, se llega a dos castillos que se sitúan, uno
frente a otro, y responden al topónimo de Autares y de Sarracin. Están situados
en lugares estratégicos y escarpados, antes de llegar a Ruitelán, ascendiendo ya
a los montes del Cebrero, perdiendo de vista esta maravilla del Bierzo, que
queda a nuestra espalda. Hoy los portazgueros no nos han salido, en son de presa
desde el castillo de Autares, con ánimo de robo. Se ve que las fechorías
anteriores les han dejado rendidos para días. Hubo una época en que Nezano
Gudesteiz prohibía el paso hacia Galicia a quien le daba su feudal gana. Y era
dueño desaprensivo y depredador de esa imponente mole de Autares. La mula, sobre
la que cabalgo, va lenta.
Hay trechos del camino en que decido apearme. Quedé de dejarla en la
hospedería del Cebrero. Allí espera un encargado que la realquila, en retorno a
Villafranca. La desolación de las montañas del Cebrero y su altitud de más de
4.500 pies deja huella acezante. Solamente el deseo de visitar, entre estas
paredes, el milagro del pan y vino convertido visiblemente en carne y sangre de
Cristo, compensan de las desesperantes fatigas. Por otra parte, a última hora,
cerró el tiempo. Neviscaba. Pude charlar con otros peregrinos y peregrinas de
diversas naciones, acerca de los motivos de su peregrinación. Unos, que si la
legislación civil o canónica se lo había impuesto; la mayor parte por devoción;
yo mismo di cumplimiento de un voto, cuando me hallé en peligro; otros pretenden
que sus enfermedades queden aliviadas. Es curioso; se asegura que a Santiago hay
que ir en vida o en muerte. Y muchos testamentos reflejan este hecho. Los
testadores dejan un dinero para que se contrate a una persona que realice la
peregrinación, en vez de ellos, que ya están muertos. En Compostela ofrecen
misas; algunos hay que vienen en representación de determinada ciudad, en donde
las calamidades públicas hacían cebo. Otros alían la piedad con la curiosidad y
el negocio. De las almas que peregrinan, después de muerto el cuerpo, dicen
estos versos octosílabos:
En Camino de Santiago
iba un alma peregrina,
una noche tan oscura
que ni una estrella lucía;
por donde el alma pasaba
la tierra se estremecía.
Luego la expresión se torna diálogo inefable:
-¿Dirásme, alma pecadora,
lo que por Santiago había?
-Perdóneme el caballero,
decírselo non podía;
que tengo el cuerpo en las andas,
voy a la misa del día.
Puerto Marín
12 de abril de 1.381
Los tres días pasados en el Cebrero me tonificaron. Recuerdo las buenas
peripecias conversacionales de sobremesa. Contra las pallozas, junto a la
albergueria, crujía la nieve y el lobo. Antes de ponerme a recordar aquellos
gratos momentos en que pasamos lista a gran parte de los sucedidos de la
peregrinación, he de deciros que ya se presiente el tufo, la luz, la niebla, y
la lluvia jacobea. Ahora me golpean, más insistentemente que nunca, los rostros
de mi mujer y de mis hijos.
Las primeras tretas de los albergueros de Compostela han comenzado a
resabiarnos en Triacastela y en Barbedelo. Por cierto que, cada uno, ha cogido
una piedra de cal, que llevaremos hasta Castañeda, donde los arquitectores la
recogen, porque continúan trabajando en la Catedral de Compostela. Es la vieja
tradición que no he querido interrumpir. Y conmigo, los demás. Ya se acercan
algunos de los azabacheros de Compostela, ofreciéndonos chucherías y mercancía
de "souvenires". Transportan conchas, o veneras, aunque estas baratijas acaso
las habríamos podido adquirir igualmente, a lo largo del camino, en algunas
tiendas de ocasión y, principalmente en los puntos de parada más frecuentados,
donde se restablecen puestos de quincallería. Por el pupilaje, en Compostela,
hemos de entregar una prenda particular, si deseamos conseguir reserva de la
habitación. Me he negado, en principio, a tal operación, pero los criados son
duchos y logreros. Hay que andarse con cuidado con ellos porque por menos de
nada te birlan lo poco que llevas.
Comentaba yo con mis amigos las picardía de la peregrinación. Nos vamos
enfervorizando más, al notar que se acerca ya la presencia de ese "gran gallego
sin cabeza" que es Santiago, el primo de Cristo. Desistí de quedarme en Samos, a
pesar de que nos ofrecían la misma ración que a los monjes, y eso a lo largo de
tres días. Pude repostar, y me socorrieron con algún dinerillo para compensar mi
indigencia. Tengo los pies deshechos y en pura llaga. A veces ni los siento. Es
curioso, en Sarria, a los que vuelven de la romería, si están sanos y presentan
un certificado, les regalan ocho maravedises; si enfermos, a más de procurarles
un sapientísimo cirujano y un buen enfermero, les proporcionan cama, luz y 24
maravedises. Vaya esto en compensación de las violencias que otros, por estos
mismos parajes, cometen contra los peregrinos. ¡Hay que ver cómo es de escarpada
y de inasequible esta tierra de Galicia! Muchos castaños la siembran, y también
viñedos. Apenas si se encuentra pan. Abunda la "borona". No se me oculta que al
llegar a Portomarín, el Miño resulta otro peligro. Pude zafarme de pagar el
portazgo. Unos aldeanos, que pasaban unas bestias por el puente, hubieron de
pagar seis cornados a los comendadores del portazgo. Verdad es que a su vez
portaban suculentas mercaderías.
Pasé un buen miedo al atravesar la sierra de Reira, que empieza a suavizarse
en Ferreiros. ¡A loq eu iba! Los dos o tres días que me quedé en el Cebrero,
teniendo en la punta de la mano todo el territorio de Lugo, pude hacer como un
balance de la peregrinación jacobea. He visto llevar amuletos a los borgoñones;
me han enseñado sus autorizaciones oficiales de tránsito, me han hablado de los
boticarios, de los cirujanos y sus servicios en los hospitales. He compendido
que éste de Santaigo es un romeraje, favorecedor también de una vía comercial,
que nos mezcla a los francos con los indígenas, que transporta a distancia
leyendas de juglares, que comunica de un lugar a otro los estilos del arte y
pone en común la maestría de los arquitectos de la Isla de Francia. Escuché
canciones de peregrinos. Uno reproduce un romance español, sobre la fornicación
en el camino francígena. Es leonés, de por las tierras que hemos pasado.
Al conde lo llevan preso
al conde Miguel al prado
no le llevan por ladrón
ni por cosas que ha robado
por esforzar una niña
el Camino de Santiago
Como era hija del Rey
sobrina del Padre Santo,
Como era de tal linaje
a muerte le sentenciaron.
Por cierto que, en estas fogatas del Cebrero, supe que hay mozos franceses
empleados, como pinches en las hospederías de Compostela. Tal un llamado
Escoufle, que pasa unos cuantos años, ganándose la vida a cuenta del viajero
fuera de su patria. No deja de ser buen negocio este de los hospederos de
Compostela. Una de las impagables cosas que se logra, en la terrena Vía Láctea a
Galicia, es el conocimiento de amistades. Los que salimos juntos de París, nos
estrechamos, vivimos más unidos en la amistad, porque hemos sufrido juntos los
peligros, aunque también las satisfacciones. Es mal visto el abandono de un
compañero de peregrinación, si ambos se han juramentado no soltarse nunca. A
este propósito, se cuentan casos "milagrosos", en los que interviene Santiago,
trasportando -en una noche-, al amigo fiel, que se quedó con el enfermo, hasta
el mismo altar del Apóstol. Es muy tarde. Y hemos de madrugar. Mañana es el gran
día.
Desde Puertomarín ya es coser y cantar hasta Compostela. Si bien me aseguran
que hemos de pasar por un paraje, Felpos -no lejos de Palas de Rey-, en que hace
pocos años
"las gentes de Alvaro Sánchez de Ulloa asaltaban a quienes transitaban por el
Camino de Santiago, sometiéndolos a todo género de violencias y exacciones,
hasta que el arzobispo don Berenguel decidió poner sitio a aquella guarida de
malhechores"
Espero que si mañana sucediera tal cosa, los Ulloa del monte Losorio nos
defenderían, porque estos Monterrey, según mis cuentas, son los que han fundado
el hospital de Libureiro. También tengo que hacer memoria para no olvidar, en la
hospedería, la piedra de cal que depositaré en Castañeda, después de pasar por
Mellid. Cuando se transite el puente de Castañeda, poca cosa nos alejará de
avistar las torres de la Catedral del Maestro Mateo. Voy a dormir a prisa,
porque mañana es el gran día. Tampoco lucen mucho estos aguzos.
Compostela
13 de abril de 1.381
He logrado acomodarme en la hospedería oficial. No hubiera podido pagar otro
albergue que éste, desde que me desvalijaron en Montes de Oca. He sido
importunado por los cientos de albergueros, cuyas mañas y tretas he descubierto.
Esta alegría supera a las demás. El gozo de postrarme ante el Apóstol Santiago.
Posiblemente, en adelante cambie mi apellido por el de King o Rey. Y es que
después de Lavacolla, en Monjoy, todos emprendemos una carrera loca por ver
quién alcanza primero las murallas. Es una costumbre, y manifiesta la explosión
del gozo, la rotura de moldes de una emoción contenida después de dos meses. En
mi grupo, quizá por carecer de impedimenta, saqué yo la ventaja. Por eso me
llamaré Geoffroy Leroi. En el pintoresco Lavacolla lavamos nuestras inmundicias,
dentro del riachuelo. Me cambié la ropa totalmente, porque me las habían dado en
abundancia en el monasterio del Cebrero. Fue un baño total, una ablución. Me
temblaron los ojos al ver Compostela tan cerca, al descender ya por el Monte del
Gozo. Al canto del Tedeum, se me escurrieron lágrimas de mil días.
He visitado muchos templos para ganar, no sólo la Perdonanza, sino muchas
indulgencias. Con estos ritos y ceremonias ya he quedado a gusto, pues cumplí el
voto ofrecido al Señor Santiago. Más tarde me expidieron la papeleta o
certificación de haber confesado y comulgado. Viene a ser como una patente de
vuelta a la tierra natal. Es un carnet para toda la vida. Esto me abre muchas
puertas, y es indicio seguro de que no he baladroneado con lo de Compostela. Al
subir a abrazar a Santiago, somo los demás, deposité mi sombrero sobre su cabeza
a lo largo de un instante. Debía estar muy contento el Santiaguiño, por lo que
juzgo de mi mismo. La iglesia, de par en par sus puertas, no se cierra ni de día
ni de noche. La iluminaban cientos de cirios. Algunos hay que duermen aquí. Y no
infrecuentemente se organizan desproporcionadas y anticarismáticas trifulcas,
entre grupos que se van a las manos. No son pocos los que han muerto
violentamente dentro de esta catedral del Apóstol Santiago. Atraviesan pausados,
los canónigos, muy flamantes, con grandes vestiduras que llaman la atención de
los que sueñan bajo estas naves. Son los cardenales. Uno, el linguajero; con él
me confesé, en francés. He velado toda la noche. Se desborda la devoción, pero
también he presenciado las chocarrerías de los juglares, interpretando, aparte
de juegos torpes, ciertas canciones mundanas, mientras algunos romeros se movían
de una parte a otra, con objeto de colocar las ofrendas en las capillas de su
predilección.
Suena a veces la campana del altar de Santiago. Un clérigo, con sobrepelliz,
se coloca sobre el arca. Las ofrendas son muchas, lo mismo que las velas
apilándose en los distintos altares. He podido leer las prohibiciones que
existen: así el arqueiro no puede aceptar imágenes de hombre, ni de caballo, ni
admitir incienso ni trajes. Tampoco, en el altar de Santiago, se permite la
ofrenda de bastones, ni ciriales de hierro, aunque se dan por contentos si lo
que se les entrega es una espada en buen uso, no herrumbosa. Si la ofrenda
consistiera en una campana rota, habría de llevarse el arca de la obra.
Es decir que esto no es muy sencillo. Algunos peregrinos he visto, metiendo
los dedos en un lugar del parteluz del Pórtico de la Gloria, que según aseguran
son las señales que Cristo dejó marcadas en el momento de hacer una variación
posicional en el conjunto de la inmensa catedral. ¡A lo que voy!... Aquí, en el
"paraíso", ¡si que es un rebullir de concheiros, de azabacheros, de plomeros!
Cientos de recordatorios y chucherías inimaginables ha inventado la fácil
fertilidad fructífera de estos compostelanos, que piden al Papa mano dura para
luchar contra los falsificadores de "recuerdos" religiosos compostelanos,
especialmente contra los de Lugo. Los que se sitúan a las puertas del templo son
los de los puestos ambulantes. Y después de entrar en una azabachería no sólo te
tropiezas con los recuerdos útiles, como cobre, estaño blanco y otros
bordoncillos, sino otras mil garambainas.
Tampoco resulta difícil hallar, en la rúa de los concheiros, el rebullicio
internacional de la lonja "santificada". Nos excita el ambiente a engalanarnos
con emblemas jacobitas y hasta las vendedoras se prestan a cosérnoslos sobre el
tabardo o la escudilla, después de haber agujereado por dos sitios. Desde luego,
el símbolo afrodisíaco nunca ha estado tan cerca de lo sagrado, como aquí en
Santiago, con la venera -la concha del nacimiento de Venus-. Puesto que voy a
pasar una semana, lo que no escriba hoy lo añadiré mañana.
*
NOTA ACLARATORIA: El peregrino debió terminar su dietario de ida, pero ya lo
desconocemos. No se cree que muriera en Compostela ni en plena catedral de
Viernes Santo como aquel trovador de Aquitania.
- Fonte de información: web del camino: http://www.compostela.org
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