la lengua de las mariposas
(castellano) (galego)
Manuel Rivas (de su libro "¿Que me quieres, amor?)
Manuel Rivas, el autor de este cuento

(A Coruña, 1957). Escritor e xornalista. Colabora desde a súa
adolescencia en diversos medios de comunicación. Como poeta publicou
entre outras as seguintes obras: Libro do Entroido (1979);
Balada nas praias do Oeste (1985); Mohicania (1987);
Ningún cisne
(1989). Como ensaísta publicou Galicia, el bonsai atlántico
(1989), No mellor país do mundo (1991), Toxos e flores
(1992) e El periodismo es un cuento (1998). A súa obra
narrativa -composta de novelas, novelas curtas e relatos breves- está
formada polos seguintes títulos: Todo ben (1985);
Un millón de vacas (1989), Premio da Crítica Española, 1990; Os
comedores de patacas (1991); En salvaxe compaña (1994),
Premio da Crítica;
¿Que me queres, amor? (1995), Premio Torrente Ballester de
Narrativa e Premio Nacional de Narrativa 1996; O lapis do
carpinteiro
(1998), Premio da Crítica Española, Premio da Asociación de Escritores
en Lingua Galega e Premio Arcebispo Xoán de San Clemente; Ela,
maldita alma (1999); A man dos paíños (2000). Como
narrador, está traducido a diversas linguas.
"La
lengua de las mariposas", cuento que forma parte del libro "¿Que me
quieres, amor?", fue llevado al cine en la película del
mismo nombre.
Manuel Rivas dice en un reportaje: ".... El cine ejerce un gran hechizo sobre mi, en parte creo que mis sentidos -y de la gente de mi generación- quiero decir la sensibilidad, la percepción e incluso la manera de escribir, todo esto no es nada ajeno a ese mundo. Es como ver lo que intenté con la literatura en el cine. Yo ya había hecho estas películas en mi mente y al ver el resultado filmado fue muy emocionante. Del cine admiro el valor de hacer una película, porque es una maquinaria muy compleja. De pequeño soñé con ser director de cine o hacer películas. Después ví que es más fácil ser escritor. El cine es dificilísimo, también por cuestiones económicas. En una historia escrita puedo hacer aparecer diez caballos, en una película esto ya se convierte en un asunto bastante costoso. En fin, creo que "La lengua de las mariposas" es un filme muy logrado. Conseguí verlo como un espectador más y me encantó"
LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS (TEXTO COMPLETO)
"¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua
de las mariposas".
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a
los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de como se agrandaban
las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños
llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran
un efecto de poderosas lentes.
"La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de
reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz
para chupar.
Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya
el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues
así es la lengua de la mariposa".Y entonces todos teníamos envidia de
las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes
de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de
jarabe.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían
creerlo. Quiero decir que no podían entender como yo quería a mi
maestro. Cuando era un "picarito", la escuela era una amenaza terrible.
Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.
"¡Ya verás cuando vayas a la escuela!"
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir
de quintos (*) a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba
con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias
de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los
dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la Barranco
del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños
de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni
ganado. 
Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así
pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el
recolector de basura y hojas secas, el que me puso el apodo. "Pareces un
gorrión".
Creo que nunca corrí tanto como aquel verano anterior al ingreso en la
escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la
Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí,
con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a
Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.
"¡Ya verás cuando vayas a la escuela!"
Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancara las amígdalas
con la mano, la manera en que el maestro les arrancaba la jeada del
habla para que no dijeran ajua nin jato ni jracias. "Todas las mañanas
teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara tienen la
garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de
Juadalagara!" Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche
de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la
pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una
claridad de mandil de carnicero. No mentiría si le dijera a mis padres
que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía por dentro.
Y me meé. No me meé en la cama sino en la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos años y todavía siento una humedad
cálida y vergonzosa escurriendo por las piernas. Estaba sentado en el
último pupitre, medio escondido con la esperanza de que nadie se
percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar por la
Alameda.
"A ver, usted, ¡póngase de pie!"
El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que la orden
iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla.
Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el-Krim.
"¿Cuál es su nombre?"
"Gorrión".
Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me batieran con latas
en las orejas.
"¿Gorrión?"
No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta
entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras
borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al ventanal,
buscando con angustia los árboles de la alameda.
Y fue entonces cuando me meé.
Cuando se dieron cuenta los otros rapaces, las carcajadas aumentaron y
resonaban como trallazos (*).
Huí. Eché a correr como un loquito con alas. Corría, corría como solo se
corre en sueños y viene tras de uno el Sacaúnto. Yo estaba convencido de
que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mi. Podía sentir su
aliento en el cuello y el de todos los niños, como jauría de perros a la
caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música
y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba solo con mi
miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía
reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba
disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas,
y que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis
padres. Las piernas decidieron por mi. Caminaron hacia al Sinaí
con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría
hasta A Coruña y embarcaría de polisón en uno de esos navíos que llevan
a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el mar sino otro monte más grande
todavía, con peñascos recortados como torres de una fortaleza
inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia lo que
tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de
piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como
luciérnagas los que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba
la noche cabalgando sobre los aullidos de los perros. No estaba
sorprendido. Era como si atravesara la línea del miedo. Por eso no lloré
ni me resistí cuando llegó donde mi la sombra regia de Cordeiro. Me
envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho. "Tranquilo Gorrión,
ya pasó todo".
Dormí como un santo aquella noche, pegadito a mamá. Nadie me reprendió.
Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los
codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero
de concha de vieira, tal como pasara cuando había muerto la abuela.
Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado de la mano en
toda la noche.
Así me llevó, agarrado como quien lleva un serón en mi vuelta a la
escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude fijarme por vez
primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. "¡Me gusta ese
nombre, Gorrión!". Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero
lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio absoluto, me
llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció de
pie, agarró un libro y dijo:
"Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a
recibirlo con un aplauso". Pensé que me iba a mear de nuevo por los
pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. "Bien, y ahora,
vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven,
Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta".
A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las
piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.
Una tarde parda y fría...
"Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?"
"Una poesía, señor".
"¿Y como se titula?"
"Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado".
"Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito y en voz alta. Repara en la
puntuación.".
El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como
niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y
leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio
de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...
"Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?", preguntó el
maestro.
"Que llueve después de llover, don Gregorio".
"¿Rezaste?", preguntó mamá, mientras pasaba la plancha por la ropa que
papá cosiera durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía
un aroma amargo de nabiza.
"Pues si", dije yo no muy seguro. "Una cosa que hablaba de Caín y Abel".
"Eso está bien", dijo mamá. "Non se por que dicen que ese nuevo maestro
es un ateo".
"¿Qué es un ateo?"
"Alguien que dice que Dios no existe". Mamá hizo un gesto de desagrado y
pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.
"¿Papá es un ateo?"
Mamá posó la plancha y me miró fijo.
"¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa pavada?"

Yo había escuchado muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo
hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y
decían esa cosa tremenda contra Dios.
Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en el Demonio. Me parecía que sólo
las mujeres creían de verdad en Dios.
"¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?"
"¡Por supuesto!"
El hervor hacía bailar la tapa de la olla. De aquella boca mutante
salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y berza. Una abeja
revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que colgaba de
un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que
planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras.
Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera
a un desvalido.
"El Demonio era un ángel, pero se hizo malo".
La abeja batió contra la lámpara, que osciló ligeramente y desordenó las
sombras.
"El maestro dijo hoy que las mariposas también tienen lengua, una lengua
finita y muy larga, que llevan enrollada como el resorte de un reloj.
Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que mandar de Madrid.
¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?"
"Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son
verdad. ¿Te gusta la escuela?"
"Mucho. Y no pega. El maestro no pega".
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre
sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los
llamaba, " parecen carneros", y hacía que se dieran la mano.
Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor
amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio,
que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero
nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que
me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar
un gran enfado era el silencio.
"Si ustedes no se callan, tendré que callar yo".
Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era
un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en
un extraño país. 
Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable.
Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía
comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el
sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido.
La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al
mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del
cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez
primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a
lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes,
camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las
tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras.
Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos
cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el
Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a
América emigramos cuando vino la peste de la patata.
"Las patatas vinieron de América", le dije a mi madre en el almuerzo,
cuando dejó el plato delante mío.
"¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas", sentenció ella.
"No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz". Era
la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro,
sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres,
desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro
hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las
hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban
hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con
una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me
olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el
nuevo nido para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don
Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y
feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión.
Recorríamos las orillas del rio, las gándaras (*), el bosque, y subíamos
al monte Sinaí. Cada viaje de esos era para mi como una ruta del
descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una
libélula. Un escornabois (*). Y una mariposa distinta cada vez, aunque
yo solo recuerde el nombre de una es la que el maestro llamó Iris, y que
brillaba hermosísima posada en el barro o en el estiércol.
De regreso, cantábamos por las corredoiras (*) como dos viejos
compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: "Y ahora vamos a
hablar de los bichos de Gorrión".
Para mis padres, esas atenciones del maestro eran una honra. Aquellos
días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos. "No
hacía falta, señora, yo ya voy comido", insistía don Gregorio. Pero a la
vuelta, decía: "Gracias, señora, exquisita la merienda".
"Estoy segura de que pasa necesidades", decía mi madre por la noche.
"Los maestros no ganan lo que tienen que ganar", sentenciaba, con
sentida solemnidad, mi padre. "Ellos son las luces de la República".
"¡La República, la República! ¡Ya veremos donde va a parar la
República!"
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de
misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia.
Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero muchas veces los
sorprendía.
"¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es cosa del cura, que te anda
calentando la cabeza".
"Yo a misa voy a rezar", decía mi madre.
"Tu, si, pero el cura no".
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi
padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría "tomarle las
medidas para un traje".
El maestro miró alrededor con desconcierto.
"Es mi oficio", dijo mi padre con una sonrisa.
"Respeto muchos los oficios", dijo por fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año y lo llevaba
también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó conmigo en la
alameda, camino del ayuntamiento.
"¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año podemos verles por fin la lengua a
las mariposas".
Algo extraño estaba por suceder. Todo el mundo parecía tener prisa, pero
no se movía. Los que miraban para la derecha, viraban cara a la
izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, estaba
sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca viera
sentado en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de
visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía
una tormenta.
Sentí el estruendo de una moto solitaria. Era un guarda con una bandera
sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró cara
a los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: "¡Arriba
España!" Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de
estallidos.
Las madres comenzaron a llamar por los niños. En la casa, parecía haber
muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y
mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua
y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres miraron el picaporte con desasosiego.
Era Amelia, la vecina, que trabajaba en la casa de Suárez, el indiano.
"¿Saben lo que está pasando? En la Coruña los militares declararon el
estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil".
"¡Santo cielo!", se persignó mi madre.
"Y aquí", continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyeran, " Se
dice que el alcalde llamó al capitán de carabineros pero que este mandó
decir que estaba enfermo",
Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la
ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si
de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los gorriones de
la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió
para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si se hiciera vieja en
media hora.
"Están pasando cosas terribles, Ramón", oí que le decía, entre sollozos,
a mi padre. También él había envejecido. Peor todavía. Parecía que había
perdido toda voluntad.
Se arrellanó en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.
"Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los
libros. Todo"
Fue mi madre la que tomó la iniciativa aquellos días. Una mañana hizo
que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a la misa. Cuando
volvieron, me dijo: "Ven, Moncho, vas a venir con nosotros a la
alameda".
Me trajo la ropa de fiesta y, mientras me ayudaba a anudar la corbata,
me dijo en voz muy grave:"Recuerda esto, Moncho. Papá no era
republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los
curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al
maestro".
"Si que lo regaló".
"No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste bien? ¡No lo regalo!"
Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. Bajaran
también algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos
de chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos
hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas de soldados
abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos
camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar
el ganado en la feria grande.
Pero en la alameda no había el alboroto de las ferias sino un silencio
grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían
reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la
fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada.
Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del
edificio, escoltados por otros guardas, salieron los detenidos, iban
atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no sabía el
nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los
sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el
vocalista de la orquesta Sol y Vida, el cantero q quien llamaban
Hércules, padre de Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo
como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la
Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un
ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.
"¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!"
"Grita tu también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!". Mi madre
llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara con toda su
fuerza para que no desfalleciera. "¡Que vean que gritas, Ramón, que vean
que gritas!"
Y entonces oí como mi padre decía "¡Traidores" con un hilo de voz. Y
luego, cada vez más fuerte, "¡Criminales! ¡Rojos!" Saltó del brazo a mi
madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada
enfurecida cara al maestro. "¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!"
Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente.
Pero él estaba fuera de sí. "¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre¡ Nunca le
había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo
de fútbol. "Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso".
Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la mirada,
los ojos llenos de lágrimas y sangre. "¡Grítale tu también, Monchiño,
grítale tu también!"
Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los
niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el
rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoi era
ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los
puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: "¡Sapo!
¡Tilonorrinco! ¡Iris!"
quintos: joven que entró en la edad del servicio militar.
gándara: tierra baja, llena de vegetación salvaje de baja altura.
corredoira: camino estrecho seguido por el carro, generalmente rodeado de zarzas.
escornabois: insecto volador que tiene una especie de cuernos.
trallazos: golpes que se daban con una vara (tralla) a las vacas para estimularlas.
